Tus palabras serán mis alas

Mis relatos

Cuéntamelo de Colores

-El arco iris se produce cuando un rayo de luz se encuentra con una gota de agua que está suspendida en el aire, entonces la gota actúa de prisma y  descompone esa luz en todos sus colores y como esa luz entra y sale a través de la gota, lo refracta hacia la parte del cielo  en que está el sol y es cuando….

_¡¡¡No así no!!! Cuéntamelo como lo hace el abuelo

Sebas cerró el libro y  se frotó la parte posterior del cuello, miró el reloj, echó la cabeza hacia atrás, signo inconfundible de que empezaba a perder la paciencia

_ A ver Mónica, ¿cómo te lo cuenta el abuelo?

_Diferente.

_¿Pero, el abuelo mira el libro de naturales mientras te lo explica?

_¡Pues claro!_ lo dijo al mismo tiempo que asentía una y otra vez  con la cabeza de manera que no dejaba lugar a ninguna réplica.

-Entonces voy a llamar al abuelo para que me explique que es un arco iris.

-Pero el abuelo ahora no tiene el libro y no va a poder.

Imitando el tono y el timbre de su voz, Sebas se agachó y se puso frente a ella.

– Claro queu no va a poder porque en el libro solo pone lo que te he dicho yo, nada más, así que todo lo que te haya dicho el abuelo  es de  cosecha propia.

-¿El abuelo cosecha??

_Ya basta Mónica, deja de tomarme el pelo.  Son mas de las nueve  y en media hora tienes que acostarte, estoy cansado y no entiendo como a estas horas aún tengo que explicarte algo que deberías de saberte para mañana, creo que has tenido suficiente tiempo en toda la tarde para haber repasado el tema.

_¡¡¡Eres un aburrido!!!!- Y sin más se bajó de la cama de un brinco y corrió descalza hacía el baño con los ojos inundados de lágrimas.

-¿¿¡¡¡ Aburrido!!!??? ¿¿¡¡ Aburrido dices???  Y alzó la voz para que lo oyese –  yo no soy aburrido ¿¿me oyes??

Después de más de ocho horas entrando y saliendo de  la oficina, otra hora de atasco para volver a casa encontrarse a una niña con ganas de fantasear era una prueba de fuego, sobre todo si esa niña era tu hija, tiene siete años y siente una pasión desmesurada por su abuelo y sus batallitas fantasiosas.

-Papá soy yo ¿puedes explicarme  qué historia has contado ésta vez a mi hija?

-Ah hola hijo, je je je,  a ver ¿cuál de todas?

-A Mónica papá, ¿a cuál va a ser? Que yo sepa solo tengo una hija y te juro que va a ser así por los siglos de los siglos

-Amén hijo amén, qué mal humor tienes siempre, si cobraras a fin de mes por todo lo que gruñes te aseguro que vivíamos en un casorio descomunal en medio de una de esas urbanizaciones de postín a las afueras de…..

-¡¡Papá basta ya!!

-Pero hijo…

Arrojó el teléfono sobre el sofá; odiaba escucharse,  odiaba la manera que tenía de hablar  y tratar a todo el mundo, escupía rabia a todos por los que sentía un amor incondicional, más inexplicablemente se prodigaba en atenciones  y  en querer agradar a    personas que no le importaban en absoluto. Se supone que un relaciones públicas tiene que tener  la capacidad de conexionar con las personas, de establecer vínculos, de tender puentes, si era capaz de hacer todo eso en su trabajo, ¿ porque  resultaba tan complicado cuando trataba de hacerlo con los suyos?, debería de ser aún más sencillo y mucho más gratificante si cabe.  Con la palma de la mano abierta secó la humedad en los ojos, en la puerta Mónica le observaba, corrió hacia el sofá y cogió el teléfono.

-¿Abuelo?

-¡¡Móni!! ¿ y tu padre? Parece que se ha cortado

_No abu, que papá se  olvidó de que tenía puesta la sartén y salió volando y claro, te dejó plantado.

_Ahhh ya decía yo,¿ pero no es un poco tarde para no haber cenado?

_Ehhhhhh …….abuelo que luego te llama ¿vale?

Pulsó finalizar y se acercó a Sebas.

_ A mí me llaman cosas peores en el cole y no me enfado tanto, pero bueno, si te sienta tan mal que te lo llame lo retiro. Ya no eres un aburrido, ¡hale!

-Mónica no es eso, además tú te has enfadado también.

-Ya, pero lo mío es distinto, yo puedo llorar tú no.

-¿Ah no? ¿y porque no?

-Porque no papá, yo soy pequeña y me estoy haciendo y tú ya estás hecho.

Sebas la miró extrañado – ¿y eso que quiere decir?

-Pues eso, que yo puedo llorar y tú no.

 

Cuando volvió de acostarla en su habitación, se dejó caer en el sofá, estiró el brazo para bajar la intensidad  de la única luz que quedaba encendida y desahogó toda su hastiada tristeza.

 

El timbre del microondas sonó en la cocina justo cuando Sebas abrió la puerta de la habitación de Mónica,  ésta se asomó entre las sábanas y su sonrisa disipó cualquier huella de sombra que pudiera quedar de la noche anterior.

-Iris es una hermosa joven que lleva  hermanados en su cuerpo  la magia de los colores. Fue nombrada mensajera entre el cielo y la tierra, encargada por ello de proclamar el pacto entre los humanos y los dioses. Anuncia el fin de las tormentas, está casada con Céfiro, dios del viento del oeste,  Iris  igual de rauda  que su compañero,  es  capaz de  atravesar todas las regiones del mundo, bajar a las profundidades marinas y llegar hasta el último rincón del mundo subterráneo poniendo luz y color a la más negra oscuridad.

-¡¡Pero papá si esa es la historia que me contó el abuelo!! 

Sebas sentado al borde de la cama tomó en brazos a la niña.

Ayer entre sueños  recordé la leyenda que  el abuelo me   contaba para  que no me dieran miedo las tormentas. No es bueno olvidar de lo que estamos hechos ¿sabes?  así que voy a llamar al abuelo para que a partir de hoy me recuerde esas historias y   otras muchas cosas que necesito volver a descubrir.

Leha


….de Navidad

                                     Abrí los ojos.

decoracion-navidad-vintage-20142Había llegado por fin. Nada era comparable a aquellos días que estaban por venir. La casa olía diferente, el frío en la habitación aun habiéndose intensificado se hacía más soportable. Me giré al lado contrario y subí un poco más las mantas hasta quedar oculta en mi particular iglú de lana. Dentro de esa templada oscuridad encontré  todo aquello que apresuraba los latidos de mi corazón. Cerré los ojos.  El árbol  en sus aderezadas ramas,  sostenía esferas cubiertas de brillantina, campanillas doradas,  pequeñas cajitas recubiertas  en papel de celofán, piñas esmaltadas, ángeles alados,  todos arropados por un tupido espumillón rojo, que  trepaba bordeando desde la  base hasta la estrella que se alzaba en lo más alto del abeto. Disimuladas entre la espesura del verdor, decenas de bombillas  diminutas estrellaban sus colores una y otra vez,  sobre  las paredes del pequeño salón. La mesa extendida  bajo el mantel inmaculado. acogía   la vajilla de fina loza con motivos florales.  La esbeltez y el orden degradado de las copas, anunciaban una larga y especial velada, alumbrada  por la incandescencia de los anchos cirios rodeados de acebo.

 

 Salté de la cama y corrí hacia la estantería.1874888c4828670fdcd180a84792acbf

Los abuelos estarían allí muy pronto, con su escueta maleta de  cuero y sus miradas desbordadas  de gratitud y amor. Mamá  llevaba días que iba y venía, alterada por ver que su  afable rutina, se rendía ante la impronta de quehaceres para que  todo estuviera a punto  y que  hasta el más mínimo detalle, quedara bajo un  silencioso y armonioso control. Papá había abandonado su permanente aire cansado y en el ocre de sus ojos  se adivinaba un nuevo color intenso y al tiempo transparente;  él sabía lo que todos esperábamos con  regocijo:  la noche del  24 de Diciembre, cuando poseído por no sé bien que bendito maleficio,  ignoraba todas las preocupaciones que surcaban su frente y  entonaba los villancicos más desafinados y  más maravillosos que yo jamás había oído, provocando que todos nos uniésemos a él con el pretexto de encubrir su inepta condición de tenor.

871ac40e178d88e31c6145b7a5883c72Alargué un poco más el brazo, hasta tocarlo. Ahí estaba,  esperando ser rescatado de los últimos meses de olvido, cuando la casa volvió a su estado original y la Navidad se replegó al fondo de las viejas cajas  que volvieron a ser  almacenadas en un rincón del trastero.

Abrí el libro por la última página donde rezaba el índice de cuentos y  comencé por el de siempre, el que la  abuela me leyó siendo yo muy pequeña,  un día de Navidad, sentada en su regazo. Desde entonces hasta hoy, me gusta recordarlo; es  una historia escrita sin rastro de imaginación tan veraz era ayer, como lo es hoy, un relato sin final feliz,  al que  se le robó el dulce adiós  de un ….. “y fueron felices y comieron perdices”

Leha

 

 


El Puño Silencioso (25 de Octubre)

Siempre  pensé que un golpe se  siente si un puño estalla en la cara, en el estómago o en cualquier parte del cuerpo.

Que duele solo lo que sangra y  que cuánto más roja y grande es una herida, más  intenso es el sufrimiento.

He preferido  vivir  mucho tiempo  en esa  ahuecada ignorancia, que me protegía de la repugnante realidad.

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Acostumbraba a pasearme  hipnótica  durante mañanas enteras   al cobijo de la multitud, consumiendo  vida al ritmo de una ciudad hirviendo, con la urgencia en los tacones y la rutina contenida  en los  bolsillos.  Me mezclaba entre todos ellos, respirando una normalidad aterciopelada y anónima que me abría  los  pulmones,  intentando aflojar  el  nudo que  la ansiedad  ceñía, cada vez más prieto, alrededor de mi pecho.

En verdad no era para tanto,  yo  no era una de esas pobres  mujeres  que sufren lo indecible y que  para disimular su desgracia,   maquillan sus  moretones con polvos rosados,  porque  su día a día es una cuenta atrás que finaliza, cuando se desata el primer bofetón que da paso a otra paliza más, siempre  al amparo de los muros de un mal llamado hogar.

Lo mío no tenía importancia era…era otra cosa,  triste sí,  pero bien distinta.

Ricardo  siempre fue  de boca ancha y modales estrechos, pero  no  era malo, solo había que saberlo llevar y jamás me puso la mano encima.  La paciencia no era su virtud y los días que llegaba cansado ya sabía, que cualquier cosa sin importancia haría saltar la chispa;  podía ser  una simple  camisa sin planchar,  el ruido del aspirador o el cenicero sin limpiar, entonces  para mantener  bajo control  el tono y el volumen de sus protestas , me callada e iba corrigiendo todo aquello que lo alteraba.

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Lejos de ir apaciguándose, él se iba  mostrando cada vez más irritado por cualquier cosa  y lo peor de todo es que acabé siendo yo el blanco de su mal humor. 

 Me miraba con desdén, casi me atrevo a reconocer que  con desprecio y  me atacaba donde sabía que  me dejaba sin respuesta, disfrutaba haciéndome ver  cuánto y de qué manera había  cambiado mi cuerpo,  ridiculizando  cualquier iniciativa mía de regresar al trabajo; mis opiniones sobre cualquier  asunto las rebatía con desproporcionada   ironía y socarronamente zanjaba el tema de la misma manera  –“ Cállate que no tienes  idea de nada”-esa frase ha quedado por siempre tatuada con su voz, en mi cerebro. Desde entonces siento que tengo poco que decir y  me  he ido dando cuenta de  que apenas hablo. Dejamos de hacer cosas juntos. Alguna vez si salíamos de compras, yo iba todo el camino  tensa, rogando en silencio que por nada del mundo se burlase de mí si decidía probarme alguna prenda que no fuera de su agrado y darle la oportunidad, de escupirme una vez más delante de todo el mundo, que yo ya no tenía cara ni cuerpo para ponerme esas cosas, que ya  se pasó mi tiempo.

Entonces me hacía pequeña y solo acertaba a seguirlo  hasta el coche  para  hundirme en el asiento con el único deseo de llegar a casa, encerrarme en el baño y llorar a gusto, desahogando la rabia del dolor de su puño  golpeándome  sin dejar  eso si, rastro de sangre. 

Ya no me  quedan fuerzas para  levantarme, la realidad es como una lápida que me aplasta sobre el colchón dejándome inútil y vencida; a lo mejor  mañana…mañana quizás tendré el coraje de salir de casa, besarme las ganas y arrancarme de la vida los puñales que me hieren.

Leha

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Choque de Rumbos (1º PARTE)

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Aquél sería  un buen lugar.

Las estaciones de tren  conservan intrínseca esa  nube de nostalgia, de esperanza, azuzado con el inigualable  relente que desprende el  calor humano.

Las  salas de viajeros, los andenes, los trenes,   guardan similitudes con el trasiego  de la huida, del  ir y volver, del esperar, del cambio de rumbo, en definitiva el permutar de la propia vida. Posiblemente esa analogía con su propia existencia, fue lo que inconscientemente lo llevó hasta allí.  No era momento de esbozar un  esquema de su pasado, revisar  la  cadena de desaciertos no lo conduciría hasta el  primer eslabón donde todo se rompió, hasta llegar al  oscuro agujero de la indigencia.

 

Mientras desmembraba las hojas del periódico para mitigar el gélido tacto del banco, le pareció aspirar el olor del algodón que desprendían las sábanas inmaculadamente blancas,   mullidas por la  humedad del mar en las noches de verano de Porto Santo; la  calidez embriagada de oscuridad ocupando cada rincón de la habitación, junto con el  rugido  eterno de las aguas, concedía al cuerpo un peso  invisible haciendo el descanso, extraordinariamente placentero .

 

Se estremeció.

Ansiaba el día que pudiera abrir la cárcel donde condenados penaban  los recuerdos,   los rescataría y los  escondería al fondo de unas páginas a modo de hermosos pétalos marchitos,  y en ese  improvisado pasaporte hacia ninguna parte,  los enviaría con destino  hacia las fronteras del olvido. Todo comenzaría a  ser al  fin distinto, tendría  un agujero limpio y mudo sin heridas que sangran constantemente, donde se huye  lejos de  la feroz realidad hacia espejismos de un pasado irrecuperable y  sin  volver estrellándose contra el muro de  de la verdad,  con el aire de los pulmones mermado y sin rastro de luz en la mirada.

Se acurrucó en una esquina  entre el asiento y el respaldo de hierro, se cubrió por completo  con la  colcha rescatada  del un contenedor asaltado aquella misma mañana.

Sitió asco, asco de la colcha, asco de la gente, asco de sí mismo. Acarició el contorno de la botella asentada en  el bolso  interior del gabán. Echó un trago, dejó que parte del licor resbalara por la comisura de los labios hasta la barbilla, volvió a echar otro trago más largo  y  otro más……

Un aire  húmedo  y  templado lo despertó.  Apenas podía despegar los párpados,  el aturdimiento de la resaca era un candado en los ojos; un jadeo entrecortado encima de su oreja lo dejó paralizado.

Alguien estaba ahí mismo.

Por el tufillo que desprendía,  podía tratarse de otro indigente que se hubiera  acercado para robarle alguna de sus escasas y famélicas pertenencias.  Se quedó quieto, haciéndose el dormido, esperando a que el peligro se alejase. Pasaron varios minutos, lo que estuviera  ahí seguía expulsando aire sofocado,   así que decidió que lo mejor sería enfrentarse a ello.

Una maraña de pelo sucio es lo primero que atisbaron sus ojos cuando consiguió abrirlos minimamente , ¿¡Qué diantres era eso!?- movió despacio la cabeza para mejorar su visión, apretó los puños, tensando todos los  músculos de su cuerpo, preparado para un inevitable ataque…

Leha

 


De bosques, de ríos ….de ella con toda su luz.

En el corazón del bosque, balbucea el río. Muy cerca de allí escondida,  se encuentra  una pequeña casa de piedra,  aderezada por  un coqueto jardín salpicado de  rosas,  petunias,  lavanda  y otras muchas  flores difíciles de enumerar.

Dentro, crece una esplendorosa palmera que da cobijo a una fuente agraciada con las figuras de unos pájaros que se inclinan para beber de su agua. En la fachada, dos balaustradas de forja acunan varias macetas con geranios encarnados, otorgándose así un dulce sabor a cuento. Resguardadas bajo el porche, un par de   formidables vasijas  se rellenan  con  hortensias y con  una aspidistra  de  gran tamaño,  que  rinde  homenaje a su apodo (planta de la abuela)  durmiendo  el tiempo entre sus magníficas  hojas.  Suspendidas en varias traviesas  de madera, en  uno de los tejadillos, cuelgan diversas cestas de mimbre de diferentes tamaños, dispuestas a albergar cualquier fruto presto a  recolectarse; al lado de la puerta, sendos sillones reclaman ser ocupados  bajo la vigilante presencia  de un antiguo  reloj de estación, donde en una  de  sus  esferas,  las agujas quedaron enganchadas a un instante perdido.

 

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Ella está descansando al amparo  de un pequeño árbol, que insiste en extender sus ramas para proteger su calma y expeler el sofocante calor. Repasa  las páginas de un libro arcaico, rescatado de lo alto de  alguna repisa.  Avanza las devastadas  hojas con una delicadeza extrema, intentando no dañar con sus dedos, el  papel que a cada movimiento cruje en su particular lamento, dejando así  testimonio de su  dolor por el paso  de los años.

Quisiera saber qué es lo que la  lleva a abandonar la diligencia de las  letras y marchar sin moverse, a un punto incierto que a simple vista  no logro descubrir. Así,  con la mirada posada en alguna parte ajena a mis ojos,   tengo la certeza  de  que  es ahí,  justo ahí,  donde pudiera  entender lo que me fascina de ella.

Y no  es el ímpetu de su pelo, ni  la sonrisa  clareando entre sus labios, ni  sus ojos ingeniosos y ocurrentes, ni el arrebato que sostiene su cuerpo,  es otra cosa que no acierto a descifrar  y  que en  cada una de sus formas de sus gestos, se acomoda de manera tan natural,  como insondable   es  su origen.

Vuelvo a buscar  ese punto inexacto donde  se  encuentra y acaricio la posibilidad de que tal vez   ella realice esa “huida”  a menudo,  para  reunirse con todas ellas, las mismas  que conforman su existencia, desde hoy hasta siempre y justo sea ese  su gran secreto,  el que  concede  a su alma,  el privilegio de guardar e irradiar una  irresistible y maravillosa luz.

( Con infinito cariño  para mi querida Julia Núñez.)

Leha

 

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Des Variando

No lo puedo creer.

Pero ahí está, como un pozo vacío y  creo que definitivamente así será siempre, pues lo abro, lo miro,  lo vuelvo a cerrar una y otra vez.

Lo peor de todo es que me vendría bien llenarlo y así poder desahogar un par de estantes atiborrados de cachivaches que tengo, pero estoy convencida de que no será así y que de nuevo  recolocaré y reordenaré todo ello, con tal de no tener que utilizarlo. 

Presiento que cualquier cosa que guarde dentro, está sentenciada a desaparecer, como si se tratase de  una enorme boca que engulle  todo aquello que  caiga en su interior. Carece de sentido, lo sé y tal pensamiento solo  puede ser fruto de un temor irracional a no poder recordar nunca más lo que esconda allí dentro.

Aunque a decir verdad y  pensándolo bien, no es tan solo eso, hay algo más, algo que me inquieta pero que no me atrevo a contar….

….y es que , algunas veces al abrirlo,  un aroma  placentero inunda la habitación.

Recuerdo el primer día que sucedió. Me disponía a guardar un par de folletos  y al abrirlo, un suave olor a  tierra mojada me llegó; después de los primeros minutos de desconcierto, me apresuré a asomarme a la ventana para comprobar lo que ya sabía, que un sol espléndido resplandecía tras los cristales  y que  ni una nube emborronaba el cielo.  Miré por todos los rincones , lo saqué de su sitio, escudriñe dentro de su  hueco, revisé minuciosamente  toda la estructura en busca del origen de aquel olor y finalmente no encontré nada. Pasaron los días y me fui olvidando del singular suceso hasta que una tarde, en un nuevo intento de ocuparlo,  mi olfato descubrió un nuevo aroma, el mismo que desprenden las páginas de un libro cuando se abre por primera vez y como era de esperar tampoco hallé  ninguna explicación. Hoy ha vuelto a ocurrir, lo he deslizado muy despacio y él me ha recibido  con la chispeante frescura  de un campo de  césped recién cortado, el aroma se ha dispersado,  extendiéndose y envolviendo cada átomo de aire.

Ahora ya no puedo dejar de dar vueltas a lo mismo, en  cuándo será la próxima vez que me volverá a  sorprender,  con qué fragancia este insólito cajón, tendrá pensado atraparme para dejarme desarmada y ansiosa por descubrir su misterioso secreto.

Lehahiah

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