Tus palabras serán mis alas

En mis nubes

Instantes Eternos

La eternidad a veces se detiene en cualquier parte.

Yo la vi en muchas ocasiones al caer la tarde. Sacaba una silla y me sentaba a la puerta de casa, a esperar a ver si con suerte, la sentía llegar a través de las calles desnudas, que a esas horas se abrían enteras, a los lentos y sumisos rayos de luz.

Las campanas tocaban a vísperas y las ancianas del lugar abrían sus portones, dejando rezagados los quehaceres cotidianos, entregadas a la oración encomendada, o a la inculcada costumbre, a la devoción, quien sabe, si tan solo daban el sosiego merecido, a sus cuerpos cansados.

Entonces con aquellos últimos tañidos del campanario, la realidad palidecía y las bocas de aquella parte del mundo bostezaban, ralentizando el tiempo hasta detenerlo.

Ni un solo ruido.

Ni un movimiento.

Era como si el ángel que a veces nos roza y después pasa, por fin hubiera encontrado el lugar perfecto donde instalar su morada.

Ese limbo terrenal me fascinaba y durante unos segundos o minutos, nunca lo determiné, permanecía enclaustrada en una burbuja de tiempo, que estallaba por el ladrido de un perro , el ronroneo de un motor o la detonación de algún pequeño con el llanto inconsolable rompiendo en mil añicos aquél sagrado encierro.

Aún hoy, cuando me encuentro en alguna aldea y me sorprende el atardecer y sus clamorosas campanas, inevitablemente me encuentro otra vez sentada, a la puerta de casa, esperando a que un pedazo de eternidad vuelva y me roce de nuevo.

Leha


Conclusión

 

Los árboles están desnudos

como el primero de tus últimos besos,

desabrigado y huérfano

escurriéndose en tus labios.

Concluyó nuestra historia,

a los pies del último charco

que sobrevivió a nuestro invierno,

atados de la mano nos dejamos hundir,

llevando con nosotros

el milagro de lo que pudo,

pero nunca llegó a ser

agazapados en la negrura de lo que nos quedaba;

y volvimos a ser nada

allí,

bajo las ramas desnudas y cansadas,

de soportar la copiosa ausencia

de sus hojas muertas.

Leha


La última noche

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Por última vez la noche y él se miran,

como si fuera la primera vez,

se descubren.

………………………………………………..

El letargo descansa sobre las cosas

que se desvelan intactas,

empobrecidas por la escasez,

de la primera luz,

despuntando tras los visillos.

……………………………………………….

Escampa, lenta y sigilosa

la insípida mañana,

alumbra su pecho desnudo,

donde todos los relojes,

permanecen quietos .

en el minuto tres tras de las doce.

…………………………………………………..

Derribada queda en el suelo,

la templada huella

de una espera que concluye

y alrededor,

un maltrecho cerco

de pétalos ensombrecidos.

……………………………………………………

A lo lejos,

el futuro enjaulado,

en silencio aúlla.

Leha


Pequeños momentos

El invierno ha tomado la ciudad y campa a sus anchas. La tarde se estrena con un afilado viento, un poderoso rival frente a los debilitados rayos de un sol que se rinde y asume que hoy solo será luz. La terraza abrigada por los gruesos toldos de lona y las estufas bufando brindan un refugio amable en medio de una temperatura tosca y fría. Todas las mesas se han ido ocupando de gente , de vasos y un contenido jolgorio bulle en la calle.

A poco más de medio metro, de este pequeño recreo, un taxi con la luz roja se detiene.

Dentro, el pasajero se mueve lentamente, al rato abre la puerta por donde asoma un bastón que al poco arranca a un hombre de cabello ralo y blanquecino que se yergue torpemente.

Con movimientos pausados, rebusca en los bolsos de su abrigo, inspecciona de seguido los del pantalón, contrariado, se desabrocha nervioso uno a uno los botones del grueso y largo abrigo y así continúa la búsqueda hasta que al fin, saca una pequeña cartera de uno de los bolsillos interiores.

El conductor baja la ventanilla y resopla impaciente. El hombre azarado abre la cartera y de su interior cae un billete que con su insignificante inercia y con ayuda del audaz viento alcanza los pies de mi silla. Es un billete de 100 pesetas con la imagen del rostro de Manuel de Falla, el taxista me mira incrédulo mientras recojo el dinero y se lo entrego al anciano.

-Gracias guapa.

Dentro de las cuencas, se esconden unos ojos de un azul grisáceo, su rostro armonioso se perfila con rasgos elegantes , algo enflaquecidos.

Con dificultad, lo dobla a la mitad y lo cuela a través del hueco de la ventanilla del conductor.

-Quédese con la vuelta.

Y se aleja,

y mientras se marcha trabajosamente miro su espalda encorvada, sus inseguros pasos y su semblante ajeno y sereno ….el taxista no da crédito pero no rechista, mira de nuevo el billete marrón y busca la complicidad de mi mirada
-Toma creo que si voló hasta tu silla es para que te lo quedes, a lo mejor te trae suerte.

-A lo mejor….

Y lo guardo como un amuleto, como un gesto que me enseña de que algunas pequeñas secuencias de la vida y las personas más sencillas, guardan todos los ingredientes para dar un sentido diferente a cualquier momento insignificante de nuestro día a día.

Leha


SENTENCIA

 

 

Alguien me dijo una vez,

que para aprender a sentir de otra manera

tendría que volver a nacer

y que aun así,

no apostaría ni un céntimo por la remodelación de mi corazón

-es lo que tiene la poesía – sentenció,

que quién se atreve a venerarla

lleva por siempre en el alma

la sombra de su estigma .

Leha


Un pequeño ruego.

Cierra la puerta.

Es tarde, a pesar de que la ciudad a estas horas es un hervidero.

No quiero quedarme sola esta noche,

hay demasiado ruido ahí fuera

y están tan hermosas las calles,tan llenas de luz,

que me cuesta ver las estrellas…

no tengas miedo, no voy a llorar,

puedo cavar mis dos pies dentro de la tierra,

y bailar contigo sin que te des cuenta,

solo necesito que ocupes todos los rincones que me sobran,

después prometo dejarme engullir por el bullicio

y desaparecer.

Cierra la puerta,

no quiero que esas luces consigan enmudecer a las estrellas

Leha