Tus palabras serán mis alas

En mis nubes

Y mientras yo…

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Me habla de la fusión de los átomos

y de la descomposición de los colores.

Hago que me va la vida en ello, sin dejar que se me note que no me importa para  nada  la física, ni la teoría de la relatividad, ni el teorema de Bell sacudiendo la fórmula cuántica.

Solo cuento y recuento los surcos que arrancan desde sus ojos y van a morir en  sus  sienes, alimentando la idea de  que las leyes del universo, deben de tener algo que ver con el rabioso remolino rubio, asentado en el lado izquierdo de su frente.

Inclina la cabeza y bebe un sorbo de agua.
Me alcanza la humedad de su risa e imagino su espalda sembrada de un campo de trigo donde rodar y perderse.

Reanuda de nuevo su repertorio de verdades indescifrables y desconocidas.
Y quién sabe…a lo mejor entre todas esas afirmaciones, exista alguna hipótesis científica, que pueda explicar el fenómeno, de encontrarme a menos de un suspiro de una de esas estrellas que brillan a más de un millón de años luz, tan luminosa como inalcanzable.

Leha

 

 


Concluso

Me costaba horrores abandonar aquel  corazón

gélido  solar, atestado de escombros.

Me costaba horrores.

Y no encontraba más razón  para  quedarme

 que  esa estúpida  querencia de ser “algo” para “alguien”

y  la  vieja  y arraigada  costumbre de saberme a salvo.

Leha


Verdades Pequeñas

Esa verdad de boca pequeña
mirada esquiva 
y manos encrespadas.

Esa verdad a medias
con la luz turbia
a puerta cerrada.

Esa verdad 
en sonata grave
y de verbo lento.

Esa verdad osada
arrojada a la cara 
como un guante negro.

Esa verdad maldecida
enterrada en vida
con hiel y veneno.

Esa verdad arrugada
de sombra alargada
e interés por cimiento.

Esa verdad siseante 
que rezuma codicia
tan solo merece 
tristeza y desprecio.

Leha


A cambio de nada

Hoy es uno de esos días que urge aspirar este flamante sol de primavera y más si cabe  cuando parece que será cuestión de días hasta que  la lluvia nos envuelva de nuevo  en su nostálgica luz.   Estoy  sentada en una terraza, en la zona más bohemia de la ciudad,  las pequeñas mesas de madera pertenecen a un barucho de esos de toda la vida que aglutina  el aroma añejo de sus licores mezclados con el tiempo y una  humedad que las paredes desprenden con apatía pero sin descanso, intentando zafarse de  la gruesa  capa de pintura que las asfixia.  Una Amstel con limón y unas patatas fritas que desbordan el   pequeño plato son un buen preludio para una comida en buena compañía.

Frente a mí, un chaval  alto y muy delgado extiende una especie de manta o  jarapa color verde con grecas  peruanas en el suelo, está  a escasos veinte metros, se sienta y acomoda su espalda sobre la fachada de un local que se anuncia en venta. Sus largas rastas no me dejan ver su cara, pero adivino una tez morena y unos ojos claros.  Toda su atención está centrada en encontrar algo en un pequeño hatillo mientras  un escuálido galgo asoma por la calle, dócilmente se tumba al lado del joven, cubriendo con parte de su cuerpo los pies semidesnudos calzados en unas escuálidas  sandalias de cuero. Él acaricia el lomo del animal, después  se acerca  una armónica a los labios, sus manos en cuenco sujetan y parecen dar forma al instrumento que comienza a arrojar suaves sonidos encadenados conformando una melodía conocida y evocadora “Diamonds and Rus”. Aquél  jovencísimo Dylan y  una Joan Baez   que me tararea con su cristalina voz en el oído, desempolvando un recuerdo casi moribundo que se coló cuando era  muy niña y que  posteriormente me acompañó intermitente durante mi primera juventud y  a través del extraño túnel del tiempo y las sensaciones dormidas, se me despierta la  inusitada necesidad de llevarme a los labios uno de esos Marlboros de cajetilla roja y blanca, con idéntica urgencia que  hace años.  El chico está entregado por entero en cada nota, mece su cuerpo atrás y adelante, remando en una oleada de música interpretada de forma magistral.

Los músicos de  calle deberían considerarse indispensables en cada ciudad, sería una buena idea  nombrarlos trabajadores públicos, con su consiguiente asignación,  y que pasaran a formar parte  del día a día en las calles de la ciudad, reconocer lo importante de su aportación  para  engalanar y transformar  el triste e  insulso  gris del  asfalto   creando  una atmosfera propicia para  detenerse, deleitarse, reflexionar, recordar y cómo no, para soñar, y de este modo por un momento olvidamos las tensiones diarias, las eternas preocupaciones, algo así  como una pequeña y excepcional terapia, mucho más necesaria y sobre todo eficaz que ciertas tareas reconocidas y remuneradas a cargo del dinero público.

Recapacito sobre este pensamiento que muchos considerarán un brote de locura o a lo sumo  un desvarío resultado  de mi vaso vacío, pero no, es la reflexión de ésta que escribe y  que  por suerte o desgracia,  no acaba de posar los pies en el suelo.

Es hora de marchar, me levanto y le miro,  él esta ajeno a mí  y a todo lo que le rodea,  dedicado en cuerpo y alma a interpretar su  partitura invisible, sin  gesto que indique que espere una mínima  recompensa por su íntimo y fantástico concierto.  Mientras me alejo suenan unos acordes, que me detienen y  erizan toda mi piel, es el  “Halleluya” de Cohen y tengo que hacer un esfuerzo para reprimir las ganas de acercarme y plantarle un beso.

Leha


ELLOS NO LO SABEN

Ellos no lo saben
pero están a punto de comenzar una historia,
queda solo un instante y a escasos metros aún se ignoran.

No lo saben, 
pero sus cuerpos van a ser pasto del amor y el anhelo,
se volverán codiciosos del aliento de sus bocas, del encanto de sus gestos.

Ellos no lo saben,
pero se andan buscando desde hace tiempo,
en la puerta del banco,bajo el árbol del parque, en la cola del metro,
llevan la esperanza a rastras, la ilusión dormida,
remolcan en sus pupilas , la fatiga del desapego.

Ellos no lo saben, 
pero antes de la próxima pausa del minutero, 
sus corazones vaciarán su sangre para hacerse un hueco, 
y arderán para siempre las tardes de hastío, las noches de invierno.

Ellos no lo saben, 
pero nunca volverán a ser dos yermos mortales
para convertirse en un tiempo eterno.

Leha


PRESENCIA

 

Es esa manera tuya de exhalar  el aire

de rozar mi hombro

de exigir  mi réplica.

Es esa sombra tuya

que al marchar desprendes

y  que  en mí se aprieta.

Es esa astuta mirada disparada

hasta mismo vientre

 de mis pupilas.

Es lo que no  veo

 y que en mí   presiento

 lo que te delata.

Es   lo que a gritos  callas

 lo que  te denuncia

y  es mi voluntad cavada

 la que te  condena

Leha