Tus palabras serán mis alas

Cosas de Leha

Conclusión

 

Los árboles están desnudos

como el primero de tus últimos besos,

desabrigado y huérfano

escurriéndose en tus labios.

Concluyó nuestra historia,

a los pies del último charco

que sobrevivió a nuestro invierno,

atados de la mano nos dejamos hundir,

llevando con nosotros

el milagro de lo que pudo,

pero nunca llegó a ser

agazapados en la negrura de lo que nos quedaba;

y volvimos a ser nada

allí,

bajo las ramas desnudas y cansadas,

de soportar la copiosa ausencia

de sus hojas muertas.

Leha


CAUTION

Fue verlo aparecer y sobrarme todas las palabras que le hicieran entender,  cuánto y de qué manera le  había echado de menos.

 Permanecí en silencio, con el gesto contenido y el cuerpo aprisionado por las enredaderas de melancolía que   trepaban  desmandadas obligándome a sostener una actitud fría y distante, como si el calor  de su cuerpo fuera un bombardeo disparado a bocajarro, sobre un campo de minas.

Leha


Verdades Pequeñas

Esa verdad de boca pequeña
mirada esquiva 
y manos encrespadas.

Esa verdad a medias
con la luz turbia
a puerta cerrada.

Esa verdad 
en sonata grave
y de verbo lento.

Esa verdad osada
arrojada a la cara 
como un guante negro.

Esa verdad maldecida
enterrada en vida
con hiel y veneno.

Esa verdad arrugada
de sombra alargada
e interés por cimiento.

Esa verdad siseante 
que rezuma codicia
tan solo merece 
tristeza y desprecio.

Leha


A cambio de nada

Hoy es uno de esos días que urge aspirar este flamante sol de primavera y más si cabe  cuando parece que será cuestión de días hasta que  la lluvia nos envuelva de nuevo  en su nostálgica luz.   Estoy  sentada en una terraza, en la zona más bohemia de la ciudad,  las pequeñas mesas de madera pertenecen a un barucho de esos de toda la vida que aglutina  el aroma añejo de sus licores mezclados con el tiempo y una  humedad que las paredes desprenden con apatía pero sin descanso, intentando zafarse de  la gruesa  capa de pintura que las asfixia.  Una Amstel con limón y unas patatas fritas que desbordan el   pequeño plato son un buen preludio para una comida en buena compañía.

Frente a mí, un chaval  alto y muy delgado extiende una especie de manta o  jarapa color verde con grecas  peruanas en el suelo, está  a escasos veinte metros, se sienta y acomoda su espalda sobre la fachada de un local que se anuncia en venta. Sus largas rastas no me dejan ver su cara, pero adivino una tez morena y unos ojos claros.  Toda su atención está centrada en encontrar algo en un pequeño hatillo mientras  un escuálido galgo asoma por la calle, dócilmente se tumba al lado del joven, cubriendo con parte de su cuerpo los pies semidesnudos calzados en unas escuálidas  sandalias de cuero. Él acaricia el lomo del animal, después  se acerca  una armónica a los labios, sus manos en cuenco sujetan y parecen dar forma al instrumento que comienza a arrojar suaves sonidos encadenados conformando una melodía conocida y evocadora “Diamonds and Rus”. Aquél  jovencísimo Dylan y  una Joan Baez   que me tararea con su cristalina voz en el oído, desempolvando un recuerdo casi moribundo que se coló cuando era  muy niña y que  posteriormente me acompañó intermitente durante mi primera juventud y  a través del extraño túnel del tiempo y las sensaciones dormidas, se me despierta la  inusitada necesidad de llevarme a los labios uno de esos Marlboros de cajetilla roja y blanca, con idéntica urgencia que  hace años.  El chico está entregado por entero en cada nota, mece su cuerpo atrás y adelante, remando en una oleada de música interpretada de forma magistral.

Los músicos de  calle deberían considerarse indispensables en cada ciudad, sería una buena idea  nombrarlos trabajadores públicos, con su consiguiente asignación,  y que pasaran a formar parte  del día a día en las calles de la ciudad, reconocer lo importante de su aportación  para  engalanar y transformar  el triste e  insulso  gris del  asfalto   creando  una atmosfera propicia para  detenerse, deleitarse, reflexionar, recordar y cómo no, para soñar, y de este modo por un momento olvidamos las tensiones diarias, las eternas preocupaciones, algo así  como una pequeña y excepcional terapia, mucho más necesaria y sobre todo eficaz que ciertas tareas reconocidas y remuneradas a cargo del dinero público.

Recapacito sobre este pensamiento que muchos considerarán un brote de locura o a lo sumo  un desvarío resultado  de mi vaso vacío, pero no, es la reflexión de ésta que escribe y  que  por suerte o desgracia,  no acaba de posar los pies en el suelo.

Es hora de marchar, me levanto y le miro,  él esta ajeno a mí  y a todo lo que le rodea,  dedicado en cuerpo y alma a interpretar su  partitura invisible, sin  gesto que indique que espere una mínima  recompensa por su íntimo y fantástico concierto.  Mientras me alejo suenan unos acordes, que me detienen y  erizan toda mi piel, es el  “Halleluya” de Cohen y tengo que hacer un esfuerzo para reprimir las ganas de acercarme y plantarle un beso.

Leha


ESA MUJER

Esa mujer
sale del portal
todos los días,
a las diez en punto
con lluvia o con sol
a las diez en punto
de lunes a domingo.

Con sus zapatos destalonados
una falda gris,
y una blusa blanca
nunca dice nada
frena la mirada
y anda….

…..solo anda

Así
un día
y otro día
asida a la barandilla
resta peldaños.
Y desde su cabeza
el péndulo de su coleta
rezuma vida,
su formidable bolso negro
colgado en bandolera
al caminar,
golpea sus caderas.

Esa mujer
es un déjà vu machacón
armonioso,
un hábito,
un antojo
que la memoria reclama
porque viéndola así
tan fiel a su mecánica y vibrante existencia,
juraría que no hay nada en este mundo
que pueda eclipsar
su eterna y magnética sonrisa

Leha


….de Navidad

                                     Abrí los ojos.

decoracion-navidad-vintage-20142Había llegado por fin. Nada era comparable a aquellos días que estaban por venir. La casa olía diferente, el frío en la habitación aun habiéndose intensificado se hacía más soportable. Me giré al lado contrario y subí un poco más las mantas hasta quedar oculta en mi particular iglú de lana. Dentro de esa templada oscuridad encontré  todo aquello que apresuraba los latidos de mi corazón. Cerré los ojos.  El árbol  en sus aderezadas ramas,  sostenía esferas cubiertas de brillantina, campanillas doradas,  pequeñas cajitas recubiertas  en papel de celofán, piñas esmaltadas, ángeles alados,  todos arropados por un tupido espumillón rojo, que  trepaba bordeando desde la  base hasta la estrella que se alzaba en lo más alto del abeto. Disimuladas entre la espesura del verdor, decenas de bombillas  diminutas estrellaban sus colores una y otra vez,  sobre  las paredes del pequeño salón. La mesa extendida  bajo el mantel inmaculado. acogía   la vajilla de fina loza con motivos florales.  La esbeltez y el orden degradado de las copas, anunciaban una larga y especial velada, alumbrada  por la incandescencia de los anchos cirios rodeados de acebo.

 

 Salté de la cama y corrí hacia la estantería.1874888c4828670fdcd180a84792acbf

Los abuelos estarían allí muy pronto, con su escueta maleta de  cuero y sus miradas desbordadas  de gratitud y amor. Mamá  llevaba días que iba y venía, alterada por ver que su  afable rutina, se rendía ante la impronta de quehaceres para que  todo estuviera a punto  y que  hasta el más mínimo detalle, quedara bajo un  silencioso y armonioso control. Papá había abandonado su permanente aire cansado y en el ocre de sus ojos  se adivinaba un nuevo color intenso y al tiempo transparente;  él sabía lo que todos esperábamos con  regocijo:  la noche del  24 de Diciembre, cuando poseído por no sé bien que bendito maleficio,  ignoraba todas las preocupaciones que surcaban su frente y  entonaba los villancicos más desafinados y  más maravillosos que yo jamás había oído, provocando que todos nos uniésemos a él con el pretexto de encubrir su inepta condición de tenor.

871ac40e178d88e31c6145b7a5883c72Alargué un poco más el brazo, hasta tocarlo. Ahí estaba,  esperando ser rescatado de los últimos meses de olvido, cuando la casa volvió a su estado original y la Navidad se replegó al fondo de las viejas cajas  que volvieron a ser  almacenadas en un rincón del trastero.

Abrí el libro por la última página donde rezaba el índice de cuentos y  comencé por el de siempre, el que la  abuela me leyó siendo yo muy pequeña,  un día de Navidad, sentada en su regazo. Desde entonces hasta hoy, me gusta recordarlo; es  una historia escrita sin rastro de imaginación tan veraz era ayer, como lo es hoy, un relato sin final feliz,  al que  se le robó el dulce adiós  de un ….. “y fueron felices y comieron perdices”

Leha