Tus palabras serán mis alas

Cosas de Leha

Verdades Pequeñas

Esa verdad de boca pequeña
mirada esquiva 
y manos encrespadas.

Esa verdad a medias
con la luz turbia
a puerta cerrada.

Esa verdad 
en sonata grave
y de verbo lento.

Esa verdad osada
arrojada a la cara 
como un guante negro.

Esa verdad maldecida
enterrada en vida
con hiel y veneno.

Esa verdad arrugada
de sombra alargada
e interés por cimiento.

Esa verdad siseante 
que rezuma codicia
tan solo merece 
tristeza y desprecio.

Leha


A cambio de nada

Hoy es uno de esos días que urge aspirar este flamante sol de primavera y más si cabe  cuando parece que será cuestión de días hasta que  la lluvia nos envuelva de nuevo  en su nostálgica luz.   Estoy  sentada en una terraza, en la zona más bohemia de la ciudad,  las pequeñas mesas de madera pertenecen a un barucho de esos de toda la vida que aglutina  el aroma añejo de sus licores mezclados con el tiempo y una  humedad que las paredes desprenden con apatía pero sin descanso, intentando zafarse de  la gruesa  capa de pintura que las asfixia.  Una Amstel con limón y unas patatas fritas que desbordan el   pequeño plato son un buen preludio para una comida en buena compañía.

Frente a mí, un chaval  alto y muy delgado extiende una especie de manta o  jarapa color verde con grecas  peruanas en el suelo, está  a escasos veinte metros, se sienta y acomoda su espalda sobre la fachada de un local que se anuncia en venta. Sus largas rastas no me dejan ver su cara, pero adivino una tez morena y unos ojos claros.  Toda su atención está centrada en encontrar algo en un pequeño hatillo mientras  un escuálido galgo asoma por la calle, dócilmente se tumba al lado del joven, cubriendo con parte de su cuerpo los pies semidesnudos calzados en unas escuálidas  sandalias de cuero. Él acaricia el lomo del animal, después  se acerca  una armónica a los labios, sus manos en cuenco sujetan y parecen dar forma al instrumento que comienza a arrojar suaves sonidos encadenados conformando una melodía conocida y evocadora “Diamonds and Rus”. Aquél  jovencísimo Dylan y  una Joan Baez   que me tararea con su cristalina voz en el oído, desempolvando un recuerdo casi moribundo que se coló cuando era  muy niña y que  posteriormente me acompañó intermitente durante mi primera juventud y  a través del extraño túnel del tiempo y las sensaciones dormidas, se me despierta la  inusitada necesidad de llevarme a los labios uno de esos Marlboros de cajetilla roja y blanca, con idéntica urgencia que  hace años.  El chico está entregado por entero en cada nota, mece su cuerpo atrás y adelante, remando en una oleada de música interpretada de forma magistral.

Los músicos de  calle deberían considerarse indispensables en cada ciudad, sería una buena idea  nombrarlos trabajadores públicos, con su consiguiente asignación,  y que pasaran a formar parte  del día a día en las calles de la ciudad, reconocer lo importante de su aportación  para  engalanar y transformar  el triste e  insulso  gris del  asfalto   creando  una atmosfera propicia para  detenerse, deleitarse, reflexionar, recordar y cómo no, para soñar, y de este modo por un momento olvidamos las tensiones diarias, las eternas preocupaciones, algo así  como una pequeña y excepcional terapia, mucho más necesaria y sobre todo eficaz que ciertas tareas reconocidas y remuneradas a cargo del dinero público.

Recapacito sobre este pensamiento que muchos considerarán un brote de locura o a lo sumo  un desvarío resultado  de mi vaso vacío, pero no, es la reflexión de ésta que escribe y  que  por suerte o desgracia,  no acaba de posar los pies en el suelo.

Es hora de marchar, me levanto y le miro,  él esta ajeno a mí  y a todo lo que le rodea,  dedicado en cuerpo y alma a interpretar su  partitura invisible, sin  gesto que indique que espere una mínima  recompensa por su íntimo y fantástico concierto.  Mientras me alejo suenan unos acordes, que me detienen y  erizan toda mi piel, es el  “Halleluya” de Cohen y tengo que hacer un esfuerzo para reprimir las ganas de acercarme y plantarle un beso.

Leha


ESA MUJER

Esa mujer
sale del portal
todos los días,
a las diez en punto
con lluvia o con sol
a las diez en punto
de lunes a domingo.

Con sus zapatos destalonados
una falda gris,
y una blusa blanca
nunca dice nada
frena la mirada
y anda….

…..solo anda

Así
un día
y otro día
asida a la barandilla
resta peldaños.
Y desde su cabeza
el péndulo de su coleta
rezuma vida,
su formidable bolso negro
colgado en bandolera
al caminar,
golpea sus caderas.

Esa mujer
es un déjà vu machacón
armonioso,
un hábito,
un antojo
que la memoria reclama
porque viéndola así
tan fiel a su mecánica y vibrante existencia,
juraría que no hay nada en este mundo
que pueda eclipsar
su eterna y magnética sonrisa

Leha


….de Navidad

                                     Abrí los ojos.

decoracion-navidad-vintage-20142Había llegado por fin. Nada era comparable a aquellos días que estaban por venir. La casa olía diferente, el frío en la habitación aun habiéndose intensificado se hacía más soportable. Me giré al lado contrario y subí un poco más las mantas hasta quedar oculta en mi particular iglú de lana. Dentro de esa templada oscuridad encontré  todo aquello que apresuraba los latidos de mi corazón. Cerré los ojos.  El árbol  en sus aderezadas ramas,  sostenía esferas cubiertas de brillantina, campanillas doradas,  pequeñas cajitas recubiertas  en papel de celofán, piñas esmaltadas, ángeles alados,  todos arropados por un tupido espumillón rojo, que  trepaba bordeando desde la  base hasta la estrella que se alzaba en lo más alto del abeto. Disimuladas entre la espesura del verdor, decenas de bombillas  diminutas estrellaban sus colores una y otra vez,  sobre  las paredes del pequeño salón. La mesa extendida  bajo el mantel inmaculado. acogía   la vajilla de fina loza con motivos florales.  La esbeltez y el orden degradado de las copas, anunciaban una larga y especial velada, alumbrada  por la incandescencia de los anchos cirios rodeados de acebo.

 

 Salté de la cama y corrí hacia la estantería.1874888c4828670fdcd180a84792acbf

Los abuelos estarían allí muy pronto, con su escueta maleta de  cuero y sus miradas desbordadas  de gratitud y amor. Mamá  llevaba días que iba y venía, alterada por ver que su  afable rutina, se rendía ante la impronta de quehaceres para que  todo estuviera a punto  y que  hasta el más mínimo detalle, quedara bajo un  silencioso y armonioso control. Papá había abandonado su permanente aire cansado y en el ocre de sus ojos  se adivinaba un nuevo color intenso y al tiempo transparente;  él sabía lo que todos esperábamos con  regocijo:  la noche del  24 de Diciembre, cuando poseído por no sé bien que bendito maleficio,  ignoraba todas las preocupaciones que surcaban su frente y  entonaba los villancicos más desafinados y  más maravillosos que yo jamás había oído, provocando que todos nos uniésemos a él con el pretexto de encubrir su inepta condición de tenor.

871ac40e178d88e31c6145b7a5883c72Alargué un poco más el brazo, hasta tocarlo. Ahí estaba,  esperando ser rescatado de los últimos meses de olvido, cuando la casa volvió a su estado original y la Navidad se replegó al fondo de las viejas cajas  que volvieron a ser  almacenadas en un rincón del trastero.

Abrí el libro por la última página donde rezaba el índice de cuentos y  comencé por el de siempre, el que la  abuela me leyó siendo yo muy pequeña,  un día de Navidad, sentada en su regazo. Desde entonces hasta hoy, me gusta recordarlo; es  una historia escrita sin rastro de imaginación tan veraz era ayer, como lo es hoy, un relato sin final feliz,  al que  se le robó el dulce adiós  de un ….. “y fueron felices y comieron perdices”

Leha

 

 


El Puño Silencioso (25 de Octubre)

Siempre  pensé que un golpe se  siente si un puño estalla en la cara, en el estómago o en cualquier parte del cuerpo.

Que duele solo lo que sangra y  que cuánto más roja y grande es una herida, más  intenso es el sufrimiento.

He preferido  vivir  mucho tiempo  en esa  ahuecada ignorancia, que me protegía de la repugnante realidad.

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Acostumbraba a pasearme  hipnótica  durante mañanas enteras   al cobijo de la multitud, consumiendo  vida al ritmo de una ciudad hirviendo, con la urgencia en los tacones y la rutina contenida  en los  bolsillos.  Me mezclaba entre todos ellos, respirando una normalidad aterciopelada y anónima que me abría  los  pulmones,  intentando aflojar  el  nudo que  la ansiedad  ceñía, cada vez más prieto, alrededor de mi pecho.

En verdad no era para tanto,  yo  no era una de esas pobres  mujeres  que sufren lo indecible y que  para disimular su desgracia,   maquillan sus  moretones con polvos rosados,  porque  su día a día es una cuenta atrás que finaliza, cuando se desata el primer bofetón que da paso a otra paliza más, siempre  al amparo de los muros de un mal llamado hogar.

Lo mío no tenía importancia era…era otra cosa,  triste sí,  pero bien distinta.

Ricardo  siempre fue  de boca ancha y modales estrechos, pero  no  era malo, solo había que saberlo llevar y jamás me puso la mano encima.  La paciencia no era su virtud y los días que llegaba cansado ya sabía, que cualquier cosa sin importancia haría saltar la chispa;  podía ser  una simple  camisa sin planchar,  el ruido del aspirador o el cenicero sin limpiar, entonces  para mantener  bajo control  el tono y el volumen de sus protestas , me callada e iba corrigiendo todo aquello que lo alteraba.

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Lejos de ir apaciguándose, él se iba  mostrando cada vez más irritado por cualquier cosa  y lo peor de todo es que acabé siendo yo el blanco de su mal humor. 

 Me miraba con desdén, casi me atrevo a reconocer que  con desprecio y  me atacaba donde sabía que  me dejaba sin respuesta, disfrutaba haciéndome ver  cuánto y de qué manera había  cambiado mi cuerpo,  ridiculizando  cualquier iniciativa mía de regresar al trabajo; mis opiniones sobre cualquier  asunto las rebatía con desproporcionada   ironía y socarronamente zanjaba el tema de la misma manera  –“ Cállate que no tienes  idea de nada”-esa frase ha quedado por siempre tatuada con su voz, en mi cerebro. Desde entonces siento que tengo poco que decir y  me  he ido dando cuenta de  que apenas hablo. Dejamos de hacer cosas juntos. Alguna vez si salíamos de compras, yo iba todo el camino  tensa, rogando en silencio que por nada del mundo se burlase de mí si decidía probarme alguna prenda que no fuera de su agrado y darle la oportunidad, de escupirme una vez más delante de todo el mundo, que yo ya no tenía cara ni cuerpo para ponerme esas cosas, que ya  se pasó mi tiempo.

Entonces me hacía pequeña y solo acertaba a seguirlo  hasta el coche  para  hundirme en el asiento con el único deseo de llegar a casa, encerrarme en el baño y llorar a gusto, desahogando la rabia del dolor de su puño  golpeándome  sin dejar  eso si, rastro de sangre. 

Ya no me  quedan fuerzas para  levantarme, la realidad es como una lápida que me aplasta sobre el colchón dejándome inútil y vencida; a lo mejor  mañana…mañana quizás tendré el coraje de salir de casa, besarme las ganas y arrancarme de la vida los puñales que me hieren.

Leha

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Decídete

Voy a comenzar confesando algo que me cuesta horrores decir en público :

Noséandarenbici

¡Ya está dicho! venga, ahora te dejo un momentito para que te despiporres a gusto..…ummmm tampoco te pases ¿eh?.. deja que te explique: 

Resulta  que  yo ya nací ocupada y  en toda mi infancia no fui capaz de sacar un ratito para ese menester,  en su lugar, opté por los patines y mis rodillas dan prueba de que el aprendizaje no fue un camino de rosas. También practiqué la técnica del remolque rodado, te dejo un ejemplo ilustrado, para que entiendas en qué consistía esta magnífica experiencia.

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Reconozco que me gustaría, me encantaría, saber dominar eso de  las dos ruedas,  me parece  superdivertido además de  sano y  encima ahora, que está de moda, me siento un poco más extraterreste de lo habitual. Y tú diras ¡pues aprende! pero no, ya  hace tiempo que tiré la toalla, porque aunque no lo creas, tengo los pies en el suelo cuando no vuelo  y soy consciente de que no me puedo permitir los efectos colaterales ( es decir todos los   collejones que conlleva la  etapa de instrucción);  lo primero porque duelen, y sinceramente no le encuentro la gracia por ninguna parte  y lo segundo es que un trompazo en mi cuerpecillo me sale, además del estropicio, carísimo  ( por si no lo sabes cuando estoy  de baja laboral los tres primeros días corren por mi cuenta ¿lo pillas?) Así que lo tengo asumido y cuando me da el ansia del pedaleo , entro en la terraza quito alguna prenda que siempre aparece colgada misteriosamente de la bici estática, me planto mi maillot negro, mis deportivas naranjas, me subo a ella  y coloco el ventilador justo enfrente de mí a la posición 1 (con moderación a ver si por la tontería me zasco una pulmonía y ya me dirás), introduzco los cascos en mis orejillas,  cierro los ojos y ¡¡flipas!!

Te estarás preguntando el porqué de todo esto, tú tómalo  solo como una breve introducción al tema que voy a tratar hoy que es:

LOS CICLOPEATONES 

Esta  modalidad consiste en ir subido en una bici y alternar ser peatón y ciclista al mismo tiempo,  adaptándose a las circunstancias y sobre todo   a lo que más convenga.

Hoy he tenido la ocasión de conocer personalmente a uno de ellos, porque hasta ahora los veía de lejos y me preguntaba cómo serían de cerca.

Al volver a casa, durante un pequeño tramo en el que tengo que incorporarme a una autovía, se ha producido tan esperado encuentro ¡pero yo aún no lo sabía!.

Ahi iba él , tan majo,  por su derecha  pedaleando tan ricamente  y yo como conductora respetuosísima,  calculando  el mejor momento de poder rebasarlo, sin que se viese por ello, perjudicado. Después del adelantamiento, he tomado  la siguiente  salida de la autovía hacia la ciudad, comprobando   por el espejo retrovisor, que él también llevaba mi mismo rumbo.

Al llegar al tercer semáforo ¡¡clinnn!! se cierra.

Disco rojo para todos.

Perdón ¿dije para todos? ¡Pues no!, porque el que yo pensaba que era un simple ciclista, de repente dando un giro, se transforma en peatón y decide unirse a los de su “especie”,  que lo miran con estupor cuando  han sentido  que algo les pasaba al lado como  una exhalación. Acto seguido sube a la acera y continúa su viaje entre los viandantes  a los que va esquivando, como cuando yo hacía las prácticas de bolos en la autoescuela.

Con el semáforo ya en verde retomo la marcha y giro por la calle, en el mismo sentido que mi querido amigo, y cuál es mi sorpresa que estando a su altura, decide que quiere abandonar su condición de vulgar peatón y se une al tráfico rodado; del susto que me ha dado me ha subido el corazón al hueco de las anginas y creo que todavía lo tengó ahí atrancado.  En éstas he bajado la ventanilla y al parar obligados por un  pequeño atasco, miro su rostro engafado (gafas negras pero negras negras), casco rojo y barba de tres días y le digo:

-Oye ¿ pero tú por donde vas?, aclárate porque, ¡vaya susto que me has dado!

A lo que me contesta sin inmutarse

-Voy por donde me sale de los..piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii

Y como si nada, se ha ido poco a poco serpenteando entre los coches,  hasta llegar al paso de peatones y cruzándolo, de nuevo se ha subido a la acera, mezclándose con los caminantes.

Con esto no quiero que ningún ciclista se me enfade, porque a lo mejor no todos ellos son cliclopeatones,  pero de verdad, y al hilo de una noticia que casualmente he escuchado esta mañana de un atropello ocurrido en Barcelona, pido que del mismo modo que los conductores debemos  extremar las precauciones cuando nos encontramos con un ciclista, ellos tengan la misma deferencia con el resto, tanto con los que van andando como los que vamos al volante. Querer ser peatón y ciclista a la vez, no puede ser

¡Decídete!

Leha