Tus palabras serán mis alas

Bucay

CODICIA

 

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Cavando para montar un cerco que separara mi terreno del de mis vecinos, me encontré enterrado en mi jardín, un viejo cofre lleno de monedas de oro.
A mi no me interesó por la riqueza, sino por lo extraño del hallazgo…

Nunca he sido ambicioso y no me importan demasiado los bienes materiales… 

Después de desenterrar el cofre, saqué las monedas y las lustré. ¡Estaban tan sucias y herrumbrosas las pobres!
Mientras las apilaba sobre mi mesa ordenadamente, las fui contando…

Constituían  una verdadera fortuna.
 

Sólo por pasar el tiempo, empecé a imaginarme todas las cosas que se podía comprar con ellas…
Pensaba en lo loco que se pondría un codicioso que se topara con semejante tesoro…

Por suerte…

Por suerte…no era mi caso…


Hoy ha venido un señor a reclamar las monedas.

Era mi vecino.

Pretendía sostener, el muy miserable que las monedas las había enterrado su abuelo, y que por  tanto le pertenecían
Me fastidió tanto…

                                            …que lo maté


Si no lo hubiera visto tan desesperado por tenerlas, se las habría dado,

porque si hay algo que a mí no me importa,

son las cosas que se compran con dinero…

Pero, eso sí,

no soporto a las personas codiciosas…

                                                              (Jorge Bucay)

   

QUIERO

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Quiero…

Quiero que me oigas sin juzgar
Quiero que opines sin aconsejarme
Quiero que confíes en mí sin exigirme
Quiero que me ayudes sin intentar decidir por mí
Quiero que me cuides sin anularme
Quiero que me mires sin proyectar tus cosas en mí
Quiero que me abraces sin asfixiarme
Quiero que me sostengas sin hacerte cargo de mí
Quiero que me protejas sin mentiras
Quiero que te acerques sin invadirme
Quiero que conozcas las cosas mías que más te disgusten
Quiero que las aceptes y no pretendas cambiarlas
Quiero que sepas… que hoy puedes contar conmigo…
Sin condiciones.

Jorge Bucay


EL TIEMPO VIVIDO

Un hombre iba viajando por un camino cuando divisó un pueblo

que se encontraba en su horizonte. Un poco antes de llegar al pueblo,

una colina a la derecha del sendero le llamó la atención. Estaba

tapizada de hierba de un verde maravilloso y había un montón de

árboles, pájaros y flores encantadoras. La rodeaba por completo una

especie de valla pequeña de madera lustrada… Una portezuela de

bronce lo invitaba a entrar. De pronto sintió que olvidaba su camino y

sucumbió ante la tentación de descansar por un momento en ese lugar.

El hombre traspaso el portal y empezó a caminar lentamente

entre las piedras blancas que estaban distribuidas como al azar, entre

los árboles. Dejó que sus ojos las recorrieran y descubrió, sobre una

de las piedras, aquella inscripción… “Abedul Tare, vivió 8 años, 6

meses, 2 semanas y 3 días”. Se sobrecogió un poco al darse cuenta de

que esa piedra no era simplemente una piedra. Era una lápida, sintió

pena al pensar que un niño de tan corta edad estaba enterrado en ese

lugar… Mirando a su alrededor, el hombre se dio cuenta de que la

piedra de al lado, también tenía una inscripción, se acercó a leerla

decía: “Llamar Kalib, vivió 5 años, 8 meses y 3 semanas”.

El hombre se sintió terriblemente conmocionado. Este hermoso

lugar, era un cementerio y cada piedra una lápida. Todas tenían

inscripciones similares: un nombre y el tiempo de vida exacto del

muerto, pero lo que le impactó con espanto fue comprobar que el que

más tiempo había vivido, apenas sobrepasaba 11 años. Embargado por

un dolor terrible, se sentó y se puso a llorar. El cuidador del

cementerio pasaba por ahí y se acercó, lo miró llorar por un rato en

silencio y luego le preguntó si lloraba por algún familiar.

– No, ningún familiar – dijo el hombre

– ¿Qué pasa en este pueblo?, ¿Qué cosa tan terrible hay en esta

ciudad? ¿Por qué tantos niños muertos enterrados en este lugar?

¿Cuál es la horrible maldición que pesa sobre esta gente, que lo ha

obligado a construir un cementerio de chicos?

El anciano sonrió y dijo:

-Puede usted serenarse, no hay tal maldición, lo que pasa es que

aquí tenemos una vieja costumbre. Le contaré: cuando un joven cumple

15 años, sus padres le regalan una libreta, como ésta que tengo aquí,

colgando del cuello, y es tradición entre nosotros que, a partir de allí,

cada vez que uno disfruta intensamente de algo, abre la libreta y anota

en ella: a la izquierda que fue lo disfrutado…, a la derecha, cuanto

tiempo duró ese gozo. ¿Conoció a su novia y se enamoró de ella?

¿Cuánto tiempo duró esa pasión enorme y el placer de conocerla?…

¿Una semana?, ¿dos?, ¿tres semanas y media?… Y después… la

emoción del primer beso, ¿cuánto duró?, ¿El minuto y medio del

beso?, ¿Dos días?, ¿Una semana?… ¿y el embarazo o el nacimiento del

primer hijo?, ¿y el casamiento de los amigos?…, ¿y el viaje más

deseado?…, ¿y el encuentro con el hermano que vuelve de un país

lejano?… ¿Cuánto duró el disfrutar de estas situaciones?… ¿horas?,

¿días?… Así vamos anotando en la libreta cada momento, cuando

alguien se muere, es nuestra costumbre abrir su libreta y sumar el

tiempo de lo disfrutado, para escribirlo sobre su tumba…

Porque ese es, para nosotros, el único y verdadero tiempo vivido.

JORGE BUCAY