Tus palabras serán mis alas

Ni una Más!!

Ahora me doy cuenta de mi dependencia, nunca es tarde o eso dicen, pero lo cierto es que no lo hice a tiempo.

Nunca pedí mucho a nadie , me exijo mucho y poco es lo que reclamo a quienes me rodean, por eso desde el principio me conformé con un amor mordido, descafeinado, extraído de los ingredientes básicos : respeto , consideración y abrigo.

A partir de ahí dejé abierta la puerta a providencia , a mi que nunca tuve la suerte de llevar a mi vera una buena estrella, acabé sumida en un estado de abstracción.

No sé cómo aquél día desperté.

Era un domingo que salimos a comer a un bar cercano que frecuentamos porque sirven platos caseros a un buen precio. Yo hubiera preferido haber preparado algo rápido en casa y así poder tumbarme en el sofá a descansar. Mis piernas amanecían ya hinchadas y mi espalda estaba tensa y dolorida tras una semana de trabajo que se me hizo cuesta arriba desde el primer día con Luisa, una mujer con tres hijos y donde acudía los lunes , miércoles y viernes. Después de hacer las cuatro camas ya me quedaba sin resuello y tenía que sentarme a descansar.
Ella hacía la vista gorda y muchas de mis tareas estaban resueltas cuando yo llegaba. Sabía mi situación y nunca me insinuó que dejara de ir, al contrario, todos los días me tenía comprado algún capricho, un pedazo de tarta de queso, una porción de empanada…detalles por los cuales yo me sentía a la vez que agradecida, algo avergonzada . Yo no podía dejar de trabajar porque como muchas empleadas de hogar carecía de seguro y no me planteaba prescindir del dinero, teníamos que ahorrar ahora más que nunca para cuando llegase el bebé. Los martes, jueves y sábados adecentaba el piso de un matrimonio anciano que por su deteriorada salud cada día precisaban más atención y cuidados.

El local estaba atestado de gente, así que esperamos turno de mesa tomando algo en la barra, llevábamos unos veinte minutos, yo apuraba el botellín de agua mientras César iba por el tercer vino que acompañaba con generosas tapas que yo no podía probar, pues todo lo que le apetecía tenía que llevar algún ingrediente picante “para darle alegría” según él.

Sabino el dueño del local se lamentó de no tener libre ni un taburete para que me pudiera sentar, a lo que César jocosamente le respondió que me venía bien “hacer piernas para cuando me tocase parir”. Al lado un matrimonio con un niño pequeño al escucharlo, se volvieron a mirar; el pequeño de unos cuatro años estaba sentado en una silla alta mientras mordisqueaba una patata que había sacado con sus dos deditos de la bolsa; la madre se acercó y comenzó a hablarle al oído.

Intenté distraerme inspeccionando las mesas y encontré una en la que dos parejas estaban pidiendo el café. Rogué que fuera una sobremesa corta.

Sentí un suave roce en la espalda

-Hola, ¿ te quieres sentar?

El niño tenía los labios grasientos y unas pestañas fuera de lo común, largas y perfectamente espaciadas adornando su mirada profunda e inocente.

Los padres me sonrieron cómplices y yo sentí una enorme satisfacción.

-¿Sentar? no, no chaval, que aunque la veas así de gorda, no está enferma, solo que con el cuento de que lleva un niño en la barriga, se pone ciega a comer y el médico le ha dicho que es mejor que haga ejercicio, pero nada que “ésta” solo piensa en comer y echarse a dormir ¿verdad cariño? y me pellizcó la mejilla simulando un gesto de efusión.

Sabino cerró el grifo y mientras secaba un vaso se acercó.

-Mira César, no te parezca mal lo que te voy a decir, pero tu mujer está de más de siete meses y…

-¡¡Tú a callar!!-César abrió la mano y la estampo contra el mármol de la barra, los platillos vibraron y el niño a mi lado comenzó a llorar, él me agarró por el brazo y me empujó hacia la puerta.

El bar enmudeció a excepción de la televisión que seguía con la retransmisión de un partido de baloncesto, antes de salir me volví solo para encontrar a mi pequeño guardián y allí lo vi, en brazos de su padre con la cara llena de lágrimas diciéndome adiós con la mano.

Dentro de mí, sentí un suave golpe, me acaricié el vientre con la mano en un gesto de maternal sosiego. En ese mismo momento decidí que lo que no había sido capaz de hacer por mí, estaba a tiempo de hacerlo por aquella nueva vida que me latía dentro.

Leha

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